Daniel Avilés Torres

01 de diciembre de 2015

#15añosdeciencia en los salesianos Málaga

Como “devoto” de la ciencia que me considero, sé que ésta es necesaria en la vida de cualquier persona y presenta grandes ventajas que, de hecho, acomodan y mejoran la calidad de vida de la humanidad. No obstante, uno de los problemas que pienso que se deben solventar, es el limitado alcance a la misma por parte de aquellas personas que no se dedican a la misma.
Es por ello, que cuando fui conocedor de la iniciativa a la que se sumaba mi colegio, lo agradecí de tal manera que me involucré mucho con ella. Tuve la oportunidad de mostrar los albores y excentricidades curiosas en las que la ciencia se basa a compañeros míos de otras etapas.
Cada vez que algo explotaba, o salían llamas disparadas al aire, se veía en los ojos de mis compañeros la innata curiosidad humana que lleva y transmite de generación en generación desde que el primer homínido se levantó sobre sus dos patas.
Pero también tuve la opción de aprender qué sucede cuando un cuerpo cae por un plano inclinado, cómo levantar una mesa gracias al vacío o cómo encender un reloj sin pilas con tan solo dos patatas. Y cada experiencia, por simple, corta o evidente que pareciera, era un (aunque pequeño) paso adelante que dábamos en nuestro camino hacia el saber científico.
El pensar que tanto desde la Estación Espacial Internacional, el LHC, cualquier universidad, laboratorio y mi colegio compartimos un fin común, me hace reconocer uno de los pilares fundamentales sobre los que se sustenta la relevancia del avance de la sociedad de la especie humana: la ciencia.
Así que, desde un ordenador cualquiera en un rincón del mundo comparto un lazo enorme con parte de aquéllos quienes confían en la ciencia para garantizar el progreso mundial y humano: mi experiencia en la semana de la ciencia en el colegio salesiano “San Bartolomé” de Málaga.

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